El verano puede ser duro para tus uñas. La exposición continua al sol, la humedad, la arena y el cloro altera la estructura de la lámina ungueal, lo que puede causar que pierdan brillo, se vuelvan quebradizas o se rompan con facilidad.
El sol degrada la queratina, la proteína principal de las uñas, mientras que el contacto prolongado con agua y cloro favorece la resequedad y fragilidad.
Aplica protector solar en manos y uñas antes de salir.
Después de nadar, seca bien tus manos y uñas para evitar humedad en exceso.
La hidratación mantiene las uñas flexibles y resistentes:
Usa cremas hidratantes o aceites para cutículas por la noche y también durante el día.
Mantener la piel y las cutículas nutritas evita que las uñas se ablanden o se quiebren.
Corta tus uñas regularmente para evitar enganches o acumulación de suciedad.
Usa limas de vidrio, cartón o diamante en lugar de metal para evitar dañar la placa ungueal.
Una dieta equilibrada con proteínas, biotina, zinc e hierro favorece uñas más fuertes desde dentro:
Incluye alimentos como huevos, nueces, cereales integrales y carnes magras.
Elige esmaltes resistentes y libres de químicos agresivos.
Alterna períodos con y sin esmalte para permitir que la lámina ungueal se recupere.
No uses las uñas para abrir latas, raspar superficies o tareas similares: esto provoca microfisuras y debilitamiento.
Si notas cambios persistentes en la forma, color o textura de tus uñas, consulta a un dermatólogo, ya que pueden ser signos de deficiencias nutricionales o problemas de salud subyacentes.