Una nueva estrategia utilizada por ciberdelincuentes está generando preocupación en el ámbito de la ciberseguridad global: el llamado enfoque de “robar ahora para descifrar después”, también conocido como “store now, decrypt later”.
La táctica consiste en sustraer grandes volúmenes de información cifrada y almacenarla hasta que el avance de tecnologías como la computación cuántica permita romper los sistemas criptográficos actuales.
De acuerdo con especialistas en ciberseguridad, este escenario se vincula con la eventual llegada del denominado “Q day”, el punto en el que la computación cuántica tendría la capacidad de vulnerar algoritmos que hoy protegen comunicaciones, transacciones financieras y bases de datos sensibles.
El riesgo ha sido advertido en informes de empresas del sector y en análisis legislativos recientes, como el aprobado por la Comisión Mixta de Seguridad Nacional en el ámbito del Congreso y el Senado en España, que evalúa amenazas vinculadas a la inteligencia artificial y la computación cuántica.
Expertos citados por la agencia EFE señalan que actores estatales y grupos de espionaje ya estarían implementando esta técnica, capturando datos cifrados con la expectativa de descifrarlos en el futuro.
El ingeniero consultor Alejandro Rebolledo advirtió que los datos de alto valor estratégico en sectores como defensa, salud, finanzas o propiedad industrial podrían ser vulnerables en el largo plazo, ya que conservan su utilidad durante décadas.
En la misma línea, el especialista Ángel Serrano señaló que la amenaza cuántica ya representa un riesgo “retroactivo”, al considerar que los ataques actuales están capturando información que podría ser descifrada en el futuro.
Según estimaciones del sector, el tiempo medio para la infiltración y robo de datos se ha reducido significativamente, lo que facilita la extracción masiva de información en lapsos cada vez más cortos.
Los expertos advierten que, mientras la tecnología cuántica avanza, los sistemas de protección actuales podrían volverse obsoletos, lo que obliga a las organizaciones a anticipar la transición hacia nuevos modelos de cifrado más resistentes.
El fenómeno plantea un desafío global para gobiernos y empresas, que deberán adaptar sus infraestructuras digitales antes de que la capacidad de descifrado futuro transforme los estándares de seguridad actuales.